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Del intestino al riñon.

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La disbiosis intestinal genera alteraciones metabólicas, inflamación, inmunosupresión y acumulación de toxinas urémicas (Por encima de 40 mg/dl consideraremos por tanto la urea como alta. Por encima de 100 mg/dl puede ser mortal), que pueden dar lugar a una insuficiencia renal gradual que implicada en una amplia gama de manifestaciones clínicas renales: insuficiencia renal crónica, lesión renal aguda, hipertensión, nefrolitiasis, nefropatía por inmunoglobulina A, etc. que impactan en la homeostasis del huésped.

Existe un diálogo gastrointestinal-renal que aporta características interesantes a tener en cuenta en la fisiopatología de enfermedades también extrarenales.
Las toxinas urémicas pueden causar anemia, prurito, fatiga, desorden mineral óseo, daño neurológico y deterioro cardiovascular, especialmente en pacientes con insuficiencia renal crónica.

La microbiota intestinal produce muchos solutos urémicos y toxinas, como indoxil sulfato, y trimetilamina N-óxido que se asocian a la enfermedad renal crónica.
Y también, el aumento de la concentración de urea conduce recíprocamente a una alteración de la microbiota intestinal.

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